Viajalia Travel News
26 jun 2015, a las 00:00 h
Balneario de Lugo, antiguas termas a orillas del Miño

El edificio del Balneario de Lugo, de 1905

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Huele a azufre, a cal, a bicarbonato. Al principio, insoportablemente. Pero es el olor de la salud. Aquí, a orillas del río Miño, hay un balneario histórico que cura de reumatismos, ciática, asma, bronquitis, faringitis y enfermedades varias de la piel. Su origen no está claro, aunque el descubrimiento reciente de una sudatio romana en unas estructuras superpuestas con un pavimento de opus signinum lo dataría en el siglo III de nuestra era. Así se deduce también de un pergamino encontrado en 996 en el interior de la catedral lucense.

Las aguas del Balneario de Lugo, decretadas de utilidad pública, son sulfurado-sódicas, bicarbonatadas e hipertermales. Brotan a una temperatura de 43,8 grados. Atractivos suficientes para el Imserso, que programa aquí todos los años terapias para pensionistas en turnos de 10 o 12 días, según las dolencias. Los tratamientos, según prescripción médica, contemplan afusiones de 4 euros, sesiones de parafangos de 12 euros, drenajes linfáticos de 31 euros, masajes anticelulíticos de 34 euros y una ducha Vichy por 43 euros.
 
La casa de baños, plantada al borde mismo del Miño, citado por Estragón como el más caudaloso de la Lusitania, empezó a construirse en 1847, aunque no quedara concluida hasta 1905. Adosado a ella se levanta un edificio contemporáneo, algo anodino, resultado del auge que ha cobrado el termalismo en Galicia en las últimas décadas. Una pasarela agradable y bonita flanquea la terraza exterior sobre el cauce del río. Detrás crea ruidos el tráfico incesante de la ronda, motivo frecuente de quejas entre la clientela menos añosa.
 
Tanto las zonas comunes como las habitaciones se ajustan a lo esperado en un hotel para agüistas, algo caducas y estrechas, pero acogedoras y de fácil tránsito interior. Los que vuelven de años anteriores consiguen una atmósfera familiar que invita a repetir estancia todos los años. Aquí se aseguran además la debida terapia del alma, gracias a un equipo humano empático, conocedor de cada quién, entregado a la causa antiestrés y antiedad, que siempre es la mejor causa.
 
La oferta culinaria es simple, pero convincente. Lejos de la rigidez industrial, enfocada a los platos de toda la vida, algunos es verdad que algo anticuados. Pero el servicio y la relación precio-calidad son inigualables, y la mayoría de los dormitorios orientan sus balcones al río. Un lujo igualmente salutífero.

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